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El demonio del hogar

¿Existirá pesadilla peor que la depresión post parto? Imagínense: tras nueve meses de ilusionada espera, el bultito de carne que depositan en tus abrazos te es del todo ajeno y te inspira más conmiseración que amor. Lo que debiera ser dicha se manifiesta como zozobra: ¿y ahora qué? ¿Qué hago para que se prenda a mi seno? Tu amado hijo se ha transformado en tu carcelero, en tu freno… estás, te sientes, en un atolladero… y lo peor, ¡lo peor!, es el sentimiento de culpa: ¿qué clase de monstruo soy que me siento encarcelada por la maternidad? (sí, porque no es el bebé en sí lo que te asfixia: te han enseñado que la maternidad es la máxima aspiración de una mujer, y sin embargo te sientes despersonalizada, despojada, subyugada… no eres más tú: eres la madre de ese bebé…)
Lo que muy pocos saben, es que de este periodo tan difícil para las mujeres, que, hay que aclararlo, no todas padecen (aunque sí la mayoría) surgió una de las grandes obras maestras de la literatura de terror titulada “El tapiz amarillo”, de Charlotte Perkins Gilman, y que el propio H.P Lovecraft ponderaba entre sus relatos favoritos (ver la compilación El horror según Lovecraft, edición de Juan Antonio Molina Foix, Editorial Siruela, Barcelona, 2003). En la selección lovecraftiana, este relato, cuya protagonista sin nombre padece una suerte de psicosis post parto, más que de depresión post parto, comparte lugar de honor con verdaderos maestros del género, entre otros, Sheridan La Fanu, Guy de Maupassant, Ambroise Bierce, Walter de La Mare y el propio Lovecraft. Molina Foix se refiere a la autora, única mujer incluida en la antología, en los siguientes términos: “(…) la casi desconocida (…) acertó plenamente en su única y fulgurante incursión en el género (…) Se trata de una acertada combinación de testimonio personal y fábula feminista, un escalofriante alegato en contra de la sumisión de la mujer dentro del matrimonio que, evocando las mejores alucinaciones de Poe, muestra con extraordinaria agudeza psicológica y precisión casi clínica un típico caso de aberración mental, lo que le valió ser incluida en la antología Psychology and the literature.”
Pues bien, la aberración mental a la que alude Molina Foix es un terror de la protagonista, una ama de casa perturbada a raíz de un alumbramiento reciente, a quedar recluida en una habitación; terror que origina una serie de… ¿alucinaciones? El mal de esta mujer jamás se especifica a lo largo de la narración, pero fue el primer caso que hizo sospechar a su médico que la profunda depresión de su paciente estaba íntimamente relacionada con el nacimiento de la que sería su única hija, Katherine, y a la que con el tiempo se daría el nombre clínico de depresión post parto. “El tapiz amarillo”, por cierto, fue redactado mientras Charlotte atravesaba ese trance. Su médico, el prestigiado neurólogo Silas Weir Mitchell, le había prohibido terminantemente escribir, recomendación a la que, obvio, la autora no prestó atención, y podría leerse como una metáfora de la angustia de una artista condenada a truncar su vocación en nombre de la maternidad, y ese fantasma, el de la culpa y la frustración, acosándola bajo la apariencia de criaturas infernales que son sus propios humores. Porque la personaje de Charlotte no se atreve a restringir la prohibición, al menos no de manera abierta: escribir se convierte en un acto clandestino que practica con frugalidad. Charlotte no desobedeció a su médico por rebeldía sino porque, como para su personaje, escribir era como respirar: “Escribo a pesar suyo, pero me agota en extremo hacerlo a hurtadillas o enfrentarme a una fuerte oposición.” (El tapiz amarillo, Siglo XXI Editores, 2002, traducción y prólogo de Margo Glantz). Se afirma que el doctor Mitchell se sintió tan impactado con el relato (que es, por otra parte, una obra maestra del género del horror), que recapituló respecto a la conveniencia de vetarle la escritura a Charlotte y decidió invertir sus procedimientos y tratar con mayor seriedad el mal que aquejaba a las madres recién paridas y que no se atrevían a reconocer: el que Charlotte reconociera que no se sintiera apta para ser madre, que no experimentaba amor por su criatura, era un verdadero acto de heroísmo en una época en que el único papel legítimo de la mujer dentro de la sociedad era el de madre: ¡No he vivido en vano!, dicen que exclamó Charlotte cuando se enteró de que su médico había aceptado que la depresión post parto no era un problema moral, sino físico, que como tal había que atender.
Charlotte Perkins Gilman, nacida Anna Perkins, el 4 de julio de 1860, fue hija de Maria Fitch Wescott y de Frederick Beecher Perkins, nada menos que sobrino de la celebérrima Harriet Beecher Storwe, autora de la histórica novela anti esclavista La cabaña del tío Tom, de tal suerte que Charlotte es sobrina nieta de Harriet. Además de Charlotte, Maria y Frederick tuvieron un hijo de nombre Thomas, catorce meses mayor que ella. Pese a descender de una familia de mujeres portentosas, entre la que estaba también Catherine Beecher, abogada feminista que llevó casos de violencia intrafamiliar, Frederick poco había aprendido de sus tías y terminó abandonando a su familia. Presenciar el sufrimiento de la madre abandonada, debe haber repercutido en que la futura escritora desarrollara una especie de fobia a la idea de casarse, por lo que se propuso mantenerse soltera, y en esa posición ingresó, a los 18 años, a la Escuela de Diseño de Rhode Island donde estudió dibujo y pintura. Nunca contó con que se aparecería en su vida un pretendiente lo bastante porfiado para convencerla de renunciar a un ideal que, en su momento, no parecía funcional pues la sociedad compadecía, cuando no despreciaba, a las solteronas. A Charles Walter Stetson lo conoció ahí mismo, en la escuela, en 1882, y era un joven y prometedor artista de Nueva Inglaterra que apenas conocer a la espectral joven la requirió en matrimonio. La negativa de Charlotte no pudo ser más retórica: la plasmó en una extensa carta que Margo Glantz encuentra del todo semejante a “La respuesta a Sor Filotea”, de Sor Juana Inés de la Cruz. En ella Charlotte defiende su derecho a la soltería y a su profesionalización en el arte, tanto en la pintura como en la literatura, su otra pasión: “A pesar de que te amo enormemente, amo aún más el trabajo (sic) Y no creo que ambos amores sean compatibles. Estoy destinada a ser útil y fuerte –ayudar a la mayor cantidad posible de gente- y a no ser amada.” (Traducción de M. Glantz).
No obstante, Charlotte terminará cediendo a la apasionada presión de Charles y avanzará de su brazo al altar dos años más tardes de la primera propuesta, quedando encinta casi de inmediato. Catherine Beecher Stetson nacería en marzo de 1885, y los nervios, frágiles de por sí de la jovencísima madre debutante, terminarían desbaratándola, física y moralmente. En su Autobiografía plasmaría Charlotte las emociones que la asaltarían al contemplar a la bebé, que la dejaba perpleja: “Incapacidad absoluta. Miseria absoluta… y destacándose entre las tumultuosas obsesiones de mi atormentado cerebro un solo pensamiento: “Es tu culpa. Tenías fuerza, salud y esperanza en el glorioso trabajo que cumplirías en el futuro y todo lo haz arrojado por la borda (…) No sirves como esposa ni como madre, no sirves para nada. Y la única causante de tu desgracia eres tú misma… Abrazaba a mi bebé fuertemente y en lugar de sentir amor y felicidad solo sentía dolor…” (Traducción M. Glantz).
En una época en que la figura de el Ángel del Hogar estaba arraigadísima en el imaginario popular, esta confesión “aberrante” debe haber hecho a Charlotte objeto de repudio. No confesaba no amar a su hija. Reconocía, en cambio, no entender por qué ese amor exigía sacrificarlo todo. El doctor Mitchell debe haber soltado la pluma por la impresión ante la confesión de su paciente y lo primero que se le ocurrió fue culpar de semejante actitud a la afición de la señora a la pintura y a la escritura. Dichas actividades le parecieron de lo más perniciosas para una mujer que debía concentrar toda su atención en la hija que amamantaba, por lo que no extrañe que haya prescrito descanso absoluto y, mucho ojo, renunciar definitivamente a las actividades intelectuales. La joven madre permaneció recluida en un hospital, pero apenas retornar al hogar donde se le requería, sufrió un colapso nervioso. Lo único que la salvó de la locura fue quebrantar la recomendación de su médico, pero apenas retomar la pluma, Charlotte decidió separarse de Charles, lo que llevó a cabo en 1887. Originalmente conservó a Katherine, mudándose con ella a California, y alternó la crianza de esta con la escritura de ficción y el ensayo, pero con la llegada de una fama que no busco conscientemente, y que la forzaría a viajar y a incrementar sus jornadas de trabajo, optó por ceder la custodia de Katherine a Charles en 1894, contando la niña nueve años. Por entonces, Charles se había casado en segundas nupcias con Grace Ellery Channing… ¡la mejor amiga de Charlotte! Cosa curiosa, la amistad entre ambas mujeres no sufrió la mínima fricción, antes bien, Grace accedió de muy buen grado a hacerse cargo de Katherine, aunque la opinión pública condenó apresuradamente a la madre desnaturalizada, quien, por cierto, escribiría un relato titulado The unnatural mother, publicado en 1916. Fue entonces que trascendió que “El tapiz amarillo” no era un simple cuento de terror sino un texto autobiográfico, o casi, aunque en el cuento el marido no es pintor sino médico, que parece mucho más inspirado en el doctor Mitchell que en Charles: “Si un médico muy famoso, que es además el marido de uno, les asegura a todos, tanto a amigos como a parientes, que una padece una simple y pasajera depresión nerviosa –una leve tendencia a la histeria- ¿qué puede uno hacer? (…) Mi hermano, también médico y también célebre, piensa lo mismo que mi marido.” (El tapiz…, p. 31)
Más adelante se lee: “John dice que si no mejoro pronto, me mandará al sanatorio de Weir Mitchell en el otoño. ¡Pero no quiero ir allí! Una amiga estuvo en sus manos una vez y dice que ese médico se parece tanto a John como a mi hermano, pero que es aún más severo!” (p. 53).
El esposo de la protagonista ha rentado por tres meses una hermosa mansión solariega en cuyo idílico jardín encontrará su mujer el sosiego requerido para aplicarse óptimamente a sus deberes de madre y esposa. Ignora las sugerencias de esta respecto a cual de las habitaciones de la casa le place ocupar y la instala en la que debiera ser la habitación de los niños porque es la que tiene un ventanal con vista al maravilloso jardín. A la mujer, sin embargo, le repugna el color del tapiz de las paredes: “El color es repelente, casi nauseabundo, un amarillo sucio y brillante, que se desvanece extrañamente a medida que se pone el sol (…) Es un anaranjado sombrío aunque chillón a retazos y que, de pronto, adquiere una tonalidad sulfurosa y enfermiza.” (p. 39).
Aunque en un principio la mujer apenas puede soportar permanecer ahí, debido sobre todo al desagradable color del tapiz, se habitúa poco a poco, más aún, se encariña, no con la habitación en sí, sino ¡con el tapiz! ¿El motivo? Se ha hecho la idea de que detrás de este habitan unas mujeres rastreras. La imagen es tan espantosa como sugerente. Empieza por advertir una serie de rugosidades, de tramos desnudos y termina viendo a una mujer arrastrándose por el jardín; una mujer por la que experimenta una extraña sensación de afinidad que no tardará en volverse empatía, al grado de proponerse liberar a esas infelices de su prisión forrada con el tapiz amarillo. ¿Ficción? ¿Realidad? El hecho es que la protagonista se considera tan prisionera, tan coartada, como aquellas infelices. Se ve reflejada en ellas, al grado de crear entre estas y su persona una simbiosis monstruosa que se va operando ante nuestros ojos hasta alcanzar uno de los desenlaces más desconcertantes y aterradores de los que tenga memoria: una liberación acaso simbólica pero no por ello menos radical: “Viene llegando John, tengo que esconder esto, se altera mucho cuando me ve escribir (…) Pienso que su por lo menos me sintiera bien para escribir un poco podría descargar la tensión nerviosa que este tropel de ideas me causa.” (p. 39 y 45).
La habitación tapizada de amarillo nauseado pareciera una metáfora de la opresión sociocultural hacia las mujeres; el lugar engañosamente grato y acogedor que encierra secretos grotescos y pretende ser una prisión con vista al jardín. Charlotte rechazaba ser denominada “feminista”, pero tanto este relato como otros textos de su autoría la retratan de cuerpo entero como tal: el origen cultural, que no biológico de la supuesta inferioridad intelectual de la mujer era algo que la obsesionaba. Fue incluso co fundadora de un partido político para mujeres, en sociedad con la activista Jane Addams. Probablemente Charlotte Perkins Gilman sea pionera en exhibir el carácter performativo de la masculinidad y la feminidad en la novela Herland, novela, hasta donde sé, no traducida aún al español y cuyo título pudiera traducirse como “La tierra de ella”, que va más allá del mito de las amazonas al plantear una sociedad profundamente democrática donde hombres y mujeres gozan de los mismos derechos y obligaciones, y el protagonista masculino se cuestiona la inutilidad de refrenar sus sentimientos y deseos en aras de una imposición absurda. A decir de Margo Glantz, se trata de una sátira del sexismo y la desigualdad y un intento por desmantelar ideas preconcebidas y esencialistas sobre la mujer.
Charlotte se casaría en segundas nupcias con su primo hermano George Houghton Gilman, abogado de Wall Street, en 1900. Junto con su nuevo esposo se movería a Nueva York donde continuó escribiendo y ofreciendo conferencias. Todo pareció marchar viento en popa (no se desatendió de la hija, mantuvo incólume su amistad con Grace), hasta que, en 1932, le fue diagnosticado cáncer de mama. Charlotte fingió que nada ocurría en su cuerpo y siguió su vida normal, hasta que la muerte de George por una trombosis cerebral la arrojó a una depresión sin salida. Regresó a California donde vivía Katherine con sus hijos, y poco más tarde la alcanzó su amiga Grace, recientemente viuda del que fuera el primer esposo de Charlotte y padre de Katherine. El 17 de agosto de 1935, al poco de cumplir 57 años, Charlotte optó por poner fin a su dolorosa agonía inhalando cloroformo hasta sumirse para siempre en la soñada Herland. “Estoy sentada junto a la ventana de esta habitación destinada a los niños, y no hay nada que impida mi escritura, excepto la falta de fuerzas…” (El tapiz amarillo, p. 41)

Lee Herland en su idioma original aquí