Este blog se actualiza quincenalmente

Escritoras para el Nuevo Milenio LIX



EL OLOR…
Por: Estela Davis

Eduviges había tenido 11 hijas y trabajado como un burro. Jamás había sabido lo que era una gripe, una calentura o por lo menos un dolor de muelas o de cabeza, así que cuando cayó enferma por primera vez a los 65 años creyó que le había llegado el momento de morir. Las hijas probaron todo para bajarle la fiebre, aliviarle la tos y las flemas. Le aplicaron parches de antiplogestina; le untaron yodo en la espalda todas las noches con una pluma de gallina; le frotaron el pecho con manteca alcanforada y luego le pusieron trapos calientes y cada tres horas la hacían tomar una cucharada sopera de infundia , bien calientita, así todos los días. Pero la enfermedad no cedía y las hijas empezaron a sospechar que su madre moriría.
Aquella mañana rompió el silencio el ruido de una avioneta. Dio una vuelta sobre el pueblo para avisar su llegada y luego se enfiló hacia el aterrizaje que estaba como a un kilómetro. En los años cuarenta el hecho de que aterrizara un avión en Loreto era algo inusitado. Un grupo de chiquillos y algunos adultos corrieron a presenciar el suceso. Inmediatamente se enteraron que en el avión venía un doctor de La Paz para ver a don Fidencio, un rico comerciante que llevaba varios días enfermo. La noticia llegó a la casa de Eduviges, y Mercedes, la mayor de las hijas solteronas que era la que llevaba los pantalones en la familia, inmediatamente mandó una emisaria a pedirle al doctor que también fuera a ver a su madre, cuya afección empeoraba.
“Tiene pulmonía”, les dijo el doctor. Y le puso una inyección de penicilina que andaba muy de moda, aunque en Loreto nadie la conocía, y le dio instrucciones a la inyectadora del pueblo para que le aplicara cinco más. “Mucho cuidado con las corrientes de aire y recuerde que por ningún motivo deberá bañarse”, le dijo a la enferma antes de retirarse precipitadamente.
Como era la primera vez que Eduviges se enfermaba, su organismo era completamente ajeno a todo tipo de medicamentos, así que cuando le pusieron la segunda inyección su alivio ya era notable, y para la quinta ya tenía dos días completamente sana. A partir de entonces nadie le quitó de la cabeza que el doctor era una especie de sabio milagroso, capaz de curarlo todo. Después del prodigioso alivio de Eduviges, la penicilina se volvió muy popular y la inyectadora del pueblo la encargó para tenerla en caso de que alguien enfermara de gravedad.
Pasaron los días y con las embadurnadas de manteca alcanforada, yodo y antiplogestina, el cuerpo de Eduviges despedía un fuerte olor a rancio, por lo que a juicio de Mercedes y hermanas, había llegado el momento de darle una buena bañada con agua calientita. Pero Eduviges se negó a permitirlo. “A mí el doctor me dijo que me cuidara de las corrientes de aire y que no me bañara por ningún motivo”, les dijo enojada, y las hijas no tuvieron más remedio que desistir. Empezaba a hacer calor y de por sí Eduviges era por naturaleza de olor fuerte, pero seguía empeñaba en cuidarse del aire y de no bañarse y poco le importaba que cada día su olor fuera más insoportable. “La cáscara guarda al palo”, decía a sus hijas cuando le sugerían el baño, o las acusaba de querer matarla.
Luego le había dado por tomar el aceite de hígado de tiburón a cucharadas tres veces al día, pues años atrás había oído decir que era el mejor tónico y que eso les daban a los soldados que mandaban a la segunda guerra mundial. ¿Por qué creen que vienen hasta acá los compradores de hígado de tiburón? Decía a quien se atreviera a rebatirle el punto. El olor, según Mercedes cada vez era peor, porque el humor del cuerpo de Eduviges contaba con un nuevo elemento, el aceite que olía extremadamente fuerte.
Se cambiaba de ropa muy de vez en cuando y era lo más que Mercedes podía lograr, porque las otras hijas no contaban con ninguna autoridad. Pero ni la ropa limpia disimulaba el desagrable olor que emanaba de su cuerpo y la gente que es tan exagerada, decía que hasta en la calle se percibía el olor. Transcurrieron los meses, luego los años y Eduviges seguía exactamente igual; encaprichada en no bañarse “por órdenes del doctor”. Mercedes y sus hermanas con el paso del tiempo se fueron acostumbrando, ni siquiera recordaban en qué momento se habían vuelto inmunes o habían perdido el olfato. Naturalmente sabían que muchas personas ya no iban a su casa por el olor…
Una tras otra murieron las hijas de Eduviges, las solteras, excepto Mercedes, que había salido sana y robusta como su madre, fue la única que le sobrevivió cuando a los ciento dos años, Eduviges, tal vez aburrida de vivir, amaneció muerta sin ningún chiste, porque no estaba enferma de nada.
Fue muy criticado lo que pasó después, a mi no me consta. Pero dicen que Mercedes llamó a unas mujeres, que por cierto fueron las que desparramaron el chisme, para que le ayudaran a sacar el cuerpo de la cama envuelto en una sábana para colocarlo afuera, en el patio, sobre un catre de raspa , entre todas la desvistieron y Mercedes procedió a bañarla por primera vez en 37 años a cubetazo limpio, la enjabonó varias veces con jabón amarillo y la talló con un cepillo, hasta lograr que desapareciera el olor. Luego quemó la ropa y los tendidos de la difunta.
Por supuesto que lo del baño trascendió, y al modo de la gente morbosa, hasta la que había dejado de visitarlas por el olor, fue al velorio. Mucho se comentó después algo de lo que nadie parecía acordarse, la blancura de la piel y los cabellos de Eduviges.

Estela Davis es originaria de Loreto, Baja California Sur, escribe desde muy joven, pero no fue sino hasta su jubilación en 1966, que se dedicó a la literatura de tiempo completo.
Ha publicado La Perla del Mojón y otros Relatos, libro de cuentos editado por la UABCS, en 1997. El Alojamiento en Baja California Sur, una historia de la hotelería turística en Baja California Sur, libro editado por el COBACH y la Secretaría Estatal de Turismo en 1998. Cuentos de Aquí y de allá, editado por el COBACH en 2001. Cinco días circulares (la visita), novela editada por el Instituto Sudcaliforniano de Cultura en 2007.
A sus libertades Alas, antología de escritoras sudcalifornianas, libro de poesía, narrativa y ensayo, (compilación y participación en narrrativa), editado por el Gobierno del Estado de Baja California Sur, el Instituto Sudcaliforniano de Cultura y el Instituto Sudcaliforniano de la Mujer en 2007.

Libros pendientes de publicar:

Cuando salga el sol, (cuentos). Tras la huella de José María Mata, historia del hombre que juró la independencia en Loreto en 1822. Historias de un pueblo Mágico, Loreto, Baja California Sur, libro conformado por 12 artículos de hechos sobresalientes en la historia de Loreto en el siglo XIX.

Antologías:

MEMORIAS DE LAS JORNADAS DE LITERATURA REGIONAL (1a., 2a. y 3a. Jornadas) UABCS, 1997, con los trabajos: Rescate de historias de la tradición oral de Loreto, Alcanzar la luna, Ahorita vengo, La decisión y Gloria a los Músicos de Loreto.
MEMORIAS IV Jornada de Literatura Regional, UABCS 1998, con el trabajo Un rosario para Raquel.
Un Rosario para Raquel, “A Rosary for Raquel”, publicado en 2007 en la antología bilingüe de literatura latinoamericana NEW WORLD & NEW WORDS, antología, patrocinada por Two Lines/World library, Center for the Art of Translation de San Francisco, California.
LORETO SIGUE AHÍ, libro de historia General De Baja California sur, editado por la UABCS.
Ahorita vengo (cuento) publicado en la Antología de Literatura Latina, número especial de la Revista Latina de Literatura, Arte y Cultura, de la Universidad de Santa Bárbara, California, 2008. Patrocinada por el Centro de Estudios Chicanos de la Universidad de California, UCLA.
Angelina y sus duendes, Mi Gordo (cuentos) publicados en A SUS LIBERTADES ALAS, Antología de escritoras sudcalifornianas, editado por el Gobierno del Estado de Baja California Sur, el Instituto Sudcaliforniano de Cultura y el Instituto Sudcaliforniano de la Mujer, 2007.
Alcanzar la Luna, Mi gordo (cuentos) publicados en la hermana de Shakespeare, la imagen de la mujer en la narrativa femenina del noroeste de México, antología de Jesús Manuel Rodelo, editada por el H. Ayuntamiento de Culiacán, Consejo Ciudadano para el Desarrollo Cultural de Culiacán. 2009.

Estela ya tiene Trenza

Escritoras para el Nuevo Milenio LVIII


Hombre de poca fe
Fragmento de novela
Por: Gilma Luque 

¿Has visto alguna vez una parvada abandonar un árbol? Los pájaros vuelan negros, pequeños, y sólo se queda la soledad del árbol. Creo que así pasa cuando se deja de amar. Se van todas las aves que te habitan. Así se fue Julio de mi cuerpo, aunque lo tocara cada día. Yo estaba vacía de él. Pero como árbol permanecí inmóvil, ¿cuándo se ha visto un árbol abandonar las aves que lo habitan, un árbol con alas? Estaba ahí envejeciendo cada día, esperando más aves que me usaran como casa y Julio ahí como el recuerdo de los que se fueron, ¿los árboles tienen memoria? Lo dejé de amar y creo que eso fue peor que sólo dejarlo y amarlo a lo lejos, que convertirme en pájaro y volar a otro árbol hasta que llegara
una nueva estación y mis alas pidieran movimiento. Y yo con Julio, y resultó lo contrario a lo que él me había dicho que era el amor. Pues lo dejé de sentir cuando me olvidé de mí. A veces me gustaba pensar que lo seguía amando Alfonsina-árbol donde quiera que estuviera.
Sabía que no era cierto, que la horrible verdad era que Julio podía ser mi destino porque no me podía deshacer de él. Tú no me dejabas y te odiaba por eso, por no dejarme ser tuya, por impedirme pertenecer al fin. Quería hacerte daño y también lastimarme a mí, por débil.
Llegó Boris, que me regalaba la polaroid de sólo el cuerpo. Le pedí que me dejara llamarlo Tomás, quería hacer un homenaje a mi mejor historia. Boris y yo sólo éramos un álbum de fotografías eróticas. Hojas gruesas con momentos que no recordaríamos. Me gustaba ser infiel y no sentir culpa, que eso no significara nada. Con Boris nunca hablé, no reímos. Nos veíamos en un hotel que cobraba por hora y no por noche. Todos los miércoles a las cinco. Dividíamos los gastos, y los gustos. Hasta que un día no llegué otra vez. Siempre imagino a Boris esa tarde que no asistí, sobre las sábanas gastadas, sin ropa y mirando el techo cuando no el reloj, viendo pasar los minutos, haciendo cierto que la última
vez fue el miércoles pasado. Tocándose con enojo y placer. Me gustaba pensar que se había enamorado de mí. Yo no de él, porque su sonrisa sólo era un gesto casi imperceptible que sus labios hacían mal. Imaginé a Boris rompiendo el álbum de atrás para adelante, desde esa tarde con pornografía en la tele, hasta el día del bar en que nos conocimos, cuando me vio entrar y sentarme junto a él, y rompió mis palabras: Sólo quiero hacer el amor cada semana, esta es la dirección, a las cinco. Destrozó el recuerdo que tenía de mi espalda caminando hacia la puerta y el papel que se guardó en la bolsa de la camisa, y le punzó un poco más abajo, arrugó la espera hasta ese día que me vio llegar sin palabras, sólo tres en la recepción: Pongo la mitad. Entonces partió en varios pedazos el cuarto que nos esperaba oreado, pero con rastros de colonia para hombre, y me vio quitarme la ropa y abrir las piernas. Boris se deshizo de cada fotografía. Y yo de él.
Tú me obligabas a no ser tuya. Te gusta el peligro, la idea de perder. Creo que todavía guardas la felicidad para después, por eso te hablé de Boris y tú hiciste lo que nunca se me ocurrió: me pediste que te llevara a ese hotel, a ese cuarto, a esa cama, me obligaste a quitarme la ropa y me hiciste pedirte perdón, para después hacerme el amor como un perro enfurecido. Así supe que te había lastimado pero, Tomás, no me sentí mal, pensé que te lo merecías, por eso lo volví hacer muchas veces más con cualquier hombre.

Gilma Luque nació en la Ciudad de México en 1977, estudió filosofía en la Universidad del Claustro de Sor Juana y en la Universidad de Guanajuato, es egresada de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha colaborado en revistas como Kronos (San Luis Potosí) y Pasta Seca (Guanajuato). Fue coargumentista del largometraje Mientras mueres, Selección Oficial del concurso de guión del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana 2008. Ha sido becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en las emisiones 2006-2007 y 2009-2010 en la disciplina de novela.

Escritoras para el Nuevo Milenio LVIII

Para siempre
Por: Johanna Lozoya

No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te reconoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.

Federico García Lorca, Alma ausente

El Chino Mandariega llegó corriendo y sudando de miedo su camiseta de algodón negra y amarilla.
- ¡Que se ha muerto, bien muerto! - exclamó apenas tomando aire.
Se detuvo en el pestillo de la puerta y echó una mirada desafiante a todos los que estábamos tomando una manzanilla al fondo de La Ruleta. Escupió un pedazo amalgamado de arena y saliva y se dirigió a Patricio Cumas.
- ¡Que te digo que se te ha muerto el santo, rusio mamón!
Patricio Cumas tenía entonces veinte años.
Era reconocido en el pueblo por la tremenda cabellera rubia que despeinaba al aire mientras caminaba rumbo a los terrenos de su abuelo sobre los que dormitaba el caserío de San Blas. Patricio tenía una navajita chiquita, de esas rojas suizas que se venden en la tabaquera de la esquina; le gustaba jugar con ella y limpiarse las uñas con la tijerita plegable. El paso del Chino Mandariega se acercó entre los tablones y las mesas de la tabernita. Patricio cerró de golpe la navaja.
Era torpe para caminar el Chino. Se decía que de niño un partido de baloncesto había acabado con su rodilla y su poca gracia. Chino, el espantapájaros, se arremolinó en el espacio y llegó mojado de sudor a la mesa donde estábamos los cuatro estudiantes de leyes y el libro de ética.
- Tu abuela pregunta por ti y hasta la Maruja me anda siguiendo con su par de ojos tristones para saber si piensas aparecer en la casa o no.
Patricio se espantó un mal augurio de la cara y nos miró cínicamente por debajo de las cejas. No pensaba moverse. No intentó siquiera tragar el último sorbo de manzanilla que había quedado en su garganta cuando oyó el primer grito del Chino. Patricio se había quedado como ahogado cuando sus ojos visitaron tierras muy lejanas donde su mano era más pequeña y colgaba de los dedos negros de tierra del abuelo Francisco. En el otro extremo del abuelo, jugaba yo.
Los tres subíamos la colina del Jesusito para llegar a la cima y ver al acotado y rústico pueblo de San Blas, que en ese entonces, se conformaba de seis casitas ribereñas con familias de inmigrantes. El aire en El Jesusito era perfumado por los manzanos. Un horizonte de esferas amarillentas, anaranjadas y rojizas poblaban la vista y en el piso, las hojas secas se arremolinaban en un fango crujiente. Al llegar a la punta, los tres gritamos de placer cuando apareció la pequeña laguna que coronaba a El Jesusito. Quizás era una vieja poza de los antiguos indios que por ahí habían habitos uno cien años antes. Nadie lo sabía. Pero en ella, Patricio y yo metíamos una lanchita de remos y nos dábamos vueltas enardecidos por oleajes imaginarios. A veces, en uno de los remos, poníamos un trozo del mantel que habíamos escondido entre las viandas e izábamos el estandarte sobre el agua, buscando con el alma el perfil de las tierras lejanas.
El abuelo se echaba a la orilla de la poza y enfilaba su mirada hacia las nubes. Sus ojos lagrimosos se entretenía abriendo y cerrándose como con un tic alérgico, para poder ver en gris y blanco las formas etéreas que se formaban a su alrededor. El aire era de manzana y la tierra se apropiaba de su sabor dulce y rasposo. La nostalgia invadía el lugar y Patricio y yo nos recostábamos entre los remos para ver el cielo y robarle al abuelo alguno de sus seres volátiles.
- ¿Has visto ese torero? - me preguntó un día Patricio. Monta el toro y está vestido con esos trajes dorados tan lindos todos llenos de estrellas y rayitos. Ahí va el gran torero marcando sus pasos sobre el lomo de la bestia. ¡Matador tan requete lleno de sol!

- Patricio. Te esperan en El Jesusito - insistió el Chino que se había sentado sin invitación alguna.
- ¡Vete al carajo, Chino! – escupió de repente Patricio.
Sus ojos lagrimeaban y tenía un puchero en las mejillas. Se había puesto rojo, todo rojo, y dejó caer la melena sobre su rostro.

En El Jesusito había un árbol especial para el abuelo. Un manzano anciano que tenía pocas ramas pero un tronco grueso. Cuando muera, nos había dicho una tarde de nubes, me entierran aquí viendo a la poza. A esta lagunita tan rellena de horizontes. Viendo a la poza, nunca a San Blas, nos había hecho jurar. Parecía que el abuelo había previsto su futuro en las nubes de aquella tarde.
Nadie sabe cómo fue que el abuelo perdió San Blas y todas las demás tierras, pero los rumores de los trabajadores apuntaban a un grupo cercano de amigos y su hijo Francisco.
Francisco, hijo de su matrimonio con la bella Matilde, había llegado de la ciudad en una tarde primaveral, de esas en el que el campo parece una mujer fresca y perfumada. Su Chevrolet se estacionó cubierto en una nube de tierra entre el asombro de la chiquillería que salida de los gallineros había corrido a saludarle.
- ¡ Es el Francisco!- le gritó al abuelo, Pía, su segunda mujer.
Francisco bajó del coche con un maletín y una carta en la mano. Caminó rápido a las escaleras del pórtico y con un esquivo ademán de saludo le dijo de frentón a la Pía: ¿Y, dónde está? Salió del pórtico con el maletín cuando se le apareció el abuelo vestido en su traje de domingo, midiendo dos metros de tela con su propia sombra y su paso lento.
Hasta ahí lo visto por todos.
El resto se transformó en leyenda y sólo la Pía parece saber lo ocurrido. Francisco se quedó en San Blas tres días y Patricio dice haberle visto sacando papeles del gran armario del estudio y pasarse las horas revisando los libros de contabilidad.
- Este ha andado lamiendo la poza – me dijo el Pato cuando le encontramos rondando por los terrenos con una camarita de fotos colgada al pecho.
El abuelo está en bancarrota, llegó la Pía a informarnos al quino día de la aparición de Francisco.

Patricio siempre remaba de frente en la pocita y yo lo hacía de espaldas. Es más fácil le argumentaba yo. Pero no ves lo que tienes delante, me contestaba riendo.
¿Has visto como se come el sol al toro? ¿Has visto alguna vez a un matador de toros, Patricio? Claro, me había dicho esa tarde de nubes, el abuelo es un torero y le volteamos a ver tirado en la orilla. Las carcajadas se nos escaparon del amor y ser reunieron con las sombras de los manzanos.
El abuelo nos mandó un beso con su larga mano.

- ¡Pato, joder! Que la Pía llora a mares y te manda llamar – susurró el Chino embebido por el silencio de la mesa.

Cuarenta años atrás la Pía había domado a una yegua salvaje en las pocas horas que le regaló una noche veraniega. De lejos había observado los recosos del animal sediento y abrumado por el aire caliente y se fue acercando poco a poco hasta que la tuvo bien cerca y le miró a los ojos. Esquiva, le dijo con la mirada. El animal no le contradijo. Subió galopando por El Jesusito con la Pía colgando de su crin, amarrada como el destino a las costillas del animal. Esa yegua era la cómplice de los escapes de la Pía cada domingo de fiesta en San Blas.
En esas fechas, se prendían en el corazón de San Blas cuatro grandes fogatas donde se ponían a asar unos cerdos inmensos criados entre los niños. Se reunían los hombres entorno al fuego, hechizados por los cantos del campo, el crepitar del viento, la presencia de los espíritus de los abuelos y de los abuelos de esos abuelos. Las faldas de las mujeres mecían a los niños y escondían a los perros hambrientos. El abuelo ser reunía con un grupo de amigos que tomaban manzanilla en la complicidad de sus cuentos picantes. Vayan niños, no molestar que estoy aquí con los amigos, solía decirnos cuando intentábamos integrarnos al grupo. El abuelo prendió muchas fogatas alrededor de los Tomases como se les conocía a los de las Rosas y San Cristobal.
Pero un día la bancarrota fue anunciada por la abuela Pía y su mensaje se suspendió en el horizonte del Jesusito y en las fogatas de San Blas.
Al abuelo le han robado las tierras y el dinero, me confió Patricio dos meses después de que el Chevrolet llenara de sospechas a la casa. Se hablaba del fraude de los Tomases y del Francisco en las tabernillas y en la pupila de los agricultores. Los peones se cruzaban en las calles y bajaban sus sombreros al saludarse. Le han robado al viejo, decían sus gestos, y su hijo lamió la poza.
Se cruzaban las sombras en los caminos y los juncos ribereños parecían reconocer el secreto de todas las traiciones.
- La traición, Chino, – dijo Patricio levantándose de la mesa- esa es la que mata y no la pobreza.
Caminamos rumbo al Jesusito mirando las puntas de nuestros zapatos y las piedras del camino. La mirada bien baja, bajísima, hundiéndose en las raíces de la tierra y de las sombras. La frente apesadumbrada. La frente del abuelo, nos había dicho Patricio cuando le encontró muerto en la colina, era como una granada abierta, destrozada por el rojo de sus semillas.
Pocas veces subíamos ya. La poza estaba bastante seca en la temporada y hacía años que el barquito había tomado forma de una balsa maltrecha. El abuelo ya no se recostaba en las orillas de los manzanares y las nubes se habían tornado misteriosas para nosotros. Eran vehículos de oxígeno e hidrógeno que permitían crecer los granso de Las Rosas y San Cristobal. Un día caminando cuesta arriba recordando el trote coqueto de la yegua de la abuela, encontré al abuelo abrazado al manzano viejo. Golpeaba en él su frente de manera rítmica como el tañido de una campana ronca y pesada. Su mirada se perdía y no parecía presentir que me acercaba a él. Su frente se hundía en las viejas astillas una y otra vez, y otra más.
No es desperación, me explicó entonces Patricio, es rabia. Es una rabia inmensa vestida de silencio.
La Pía nos había anunciado que se vendería el piano y la sinfonola de Alemania, la vajilla china de la bisabuela, los discos de Caruso del abuelo, los caballos y comenzaría la subasta de la casa enterea. El abuelo entonces bebía con fuerza y con ansia.
La Pía anunció que nos íbamos de San Blas y que se podría vivir rentando las habitaciones de la casa de la ciudad. El abuelo bebía con fuerza y con ansia. Patricio en ese entonces se volvió silencioso y miraba con furia. Ahora, sin embargo, subíamos por la colina del Jesusito para alcanzar al cortejo.
- Patricio ¿en verdad has visto un torero?
Me miró con desprecio y escupió un trozo de tabaco. Subimos y se oía a lo lejos el murmullo de las oraciones.
Patricio, le había dicho una vez el abuelo, cuando embiste un toro el matador saca el pecho y lo pone al descubierto para que la bestia no tenga recelo. El torero embiste a su manera. Se enciende en coraje ¿entiendes?, con alma noble, con gentileza viril. Le pone el pecho de frente, Pato, y desvía la espada.
El abuelo nos manda besos con la mano.
El abuelo se va disminuyendo entre las nubes y Patricio se encaja con rabia en la tierra de El Jesusito. Viejo de mierda, le oigo decir entre dientes. Viejo de mierda, si te hubieras defendido. ¡Pecho de frente, viejo de mierda!
Patricio va subiendo la loma del Jesusito con un mar de llanto en los ojos.

La Pía llora con las manos en la cara y sus hijas han comenzado a recordar al padre. Las nubes del abuelo se tiñen de púrpura frente a los ojos de las mujeres. Se oyen los primeros cantos de amor y desventura. La Pía rasga un poco de nube y se la guarda por siempre en el corpiño.
Te desdibujo, te construyo y te elimino…te desdibujo y te pierdo. La Maruja canta con los ojos cerrados.
Se le rompió el corazón, la pena le rompió el corazón.
¡No!, interrumpió en seco Patricio, ¡fue la rabia!
El viejo manzano tiene el corazón de tierra abierto para abrazar ese cuerpo en el centro del mundo, entre las raíces y las nubes. El abuelo ve sin ojos a San Blas. Un sudor frío le recorre a Patricio.
- ¡Al abuelo me lo entierran de espaldas a San Blas! – ordena con un grito animal. ¡Con la espalda a San Blas y con el pecho bien puesto hacia la poza!
- ¿Para siempre? – le preguntan.
-¡Para siempre!

Johanna Lozoya (Moscú, 1965)
Doctora en Arquitectura, es historiadora cultural de la arquitectura, ensayista y narradora. Entre sus publicaciones destacan los libros Ciudades sitiadas. Cien años a través de una metáfora arquitectónica (Tusquets, 2010), Las manos indígenas de la raza española. El mestizaje como argumento arquitectónico (Conaculta, 2010) y Arquitectura escrita: ensayos sobre doscientos años de historiografía mexicana de la arquitectura (INAH-CONACULTA, 2009, en colaboración con Tomás Pérez Vejo. En el ámbito de la ficción ha publicado los cuentos Para siempre (6a mención en Premio Bianqui Editores, Montevideo, 2001) y La línea del horizonte ( Jamais, Sevilla, 2003) . Su próxima publicación es la novela Cartas de Adén.